Su exesposo.
Traje claro, reloj escandalosamente fino, lentes oscuros. Todo en él gritaba riqueza, pero Alma conocía demasiado bien la podredumbre detrás de esa apariencia.
—Quítate del camino —espetó él—. Me vas a llenar de polvo la camioneta.
En el asiento del copiloto, una mujer rubia con labios perfectos y uñas rojas la observó con asco. Llevaba un vestido crema, lentes enormes y una pulsera de diamantes. Era de esas mujeres que no parecían tocar el suelo al caminar.
—¿Ella es la ex? —preguntó con voz melosa—. Pensé que exagerabas, Mau. Se ve peor.
Alma no respondió. Enderezó apenas la espalda, aunque el peso de la leña y el embarazo le ardía en la columna. Sus ojos oscuros se clavaron en Mauricio con una calma que lo irritó al instante.
Él odiaba esa mirada.
La recordaba de la última noche que pasaron juntos, cuando él le anunció que “las cosas iban a cambiar” y que necesitaba que ella firmara unos papeles “para agilizar un proyecto”. Alma se negó. Dos semanas después, Mauricio desapareció con el dinero de la cuenta que había dejado su padre y con documentos que jamás debió tocar. Desde entonces, todos en el valle pensaron que él había ganado: compró tierras, cerró negocios con inversionistas de Monterrey y Guadalajara, prometió hoteles de lujo, campos de golf y “progreso”. Y mientras tanto, Alma sobrevivía sola en una casita de adobe.
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