Un millonario llevaba a su prometida a casa cuando vio a su exesposa embarazada cargando leña.
El polvo se levantó en el camino de terracería como si el mismo pueblo quisiera avisarle a Alma Villaseñor que algo malo venía hacia ella.
Eran casi las tres de la tarde y el sol de San Jerónimo del Valle caía con una furia blanca sobre los cerros resecos. Alma avanzaba despacio, con un haz de leña amarrado a la espalda y una mano sosteniéndose el vientre enorme de ocho meses. La otra mano sujetaba el rebozo azul deslavado que le cubría la cabeza. Cada paso le costaba un punzón en la cintura, pero seguía caminando. En su casa no había gas, y el niño que llevaba dentro —o los niños, porque el médico del pueblo había sospechado que serían dos— no iban a esperar a que ella descansara.
Entonces apareció la camioneta.
Negra, brillante, tan pulida que parecía no pertenecer a ese camino de tierra. Frenó frente a ella levantando una nube seca que le pegó en la cara y se le metió a la boca. El vidrio polarizado bajó con un zumbido suave, y Alma sintió el golpe de aire helado salir del interior, con olor a cuero caro, perfume importado y una vida que alguna vez creyó que también sería suya.
Detrás del volante estaba Mauricio Salgado.
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