Un millonario llevaba a su prometida a casa cuando vio a su exesposa embarazada cargando leña.

Un millonario llevaba a su prometida a casa cuando vio a su exesposa embarazada cargando leña.

Rebeca, impaciente, tomó el vaso de café helado que llevaba desde el camino y lo arrojó contra las sandalias de Alma. El líquido dulce y pegajoso le empapó los pies y manchó el ruedo de su vestido.

—Para que te limpies, aunque sea un poco —soltó con una mueca.

Un murmullo indignado recorrió la plaza.

Mauricio no detuvo a su prometida. Al contrario, pareció disfrutarlo.

—Firma ya, Alma. No me hagas perder el tiempo.

Ella levantó el rostro.

—El dinero no compra el honor, Mauricio. Y menos el honor que tú ya perdiste.

La frase cayó seca, exacta.

La sonrisa de Mauricio se quebró.

—¿Honor? —rió con histeria—. Mira cómo vives. Mira cómo andas. Estás sola, embarazada, cargando leña como bestia. ¿Y me hablas de honor? Firma, o voy a demostrarle a todo el pueblo que no eres más que una mujer terca y muerta de hambre.

Dio un paso hacia ella y, con violencia, pateó una rama del haz de leña que se había soltado. La madera se partió en dos con un chasquido.

Entonces Alma, muy despacio, soltó el bulto de leña al suelo.

El ruido resonó en toda la plaza.

Con ambas manos deshizo una costura en el interior del rebozo y sacó un paquete envuelto en plástico.

Los ojos de Mauricio se abrieron con un terror tan evidente que hasta Rebeca retrocedió.

Alma retiró el plástico.

Mostró las hojas.

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