El silencio fue brutal.
Emiliano la miró, y por primera vez perdió el control. Quiso tomarla del brazo al regresar al salón, pero ella se apartó.
—No me toque —dijo en voz baja.
Volvieron a la fiesta. Todo seguía igual para los demás: la música, las copas, las risas. Pero Camila ya era otra.
Rebeca no tardó en atacar. Delante de varias personas, empezó a hacer preguntas cada vez más precisas sobre la supuesta boda, la familia de Camila, el lugar donde había estudiado. Elena Valdés se sumó, con una amabilidad venenosa. Y Emiliano… no hizo nada. Se quedó mirando a distancia, dejando que la devoraran.
Ese fue el golpe final.
Camila respondió lo necesario, sostuvo la mirada de quienes intentaban verla caer y luego, sin escándalo, dejó su copa sobre una bandeja.
—Discúlpenme. La noche ha terminado para mí.
Salió del salón con la espalda recta. Santiago intentó alcanzarla en la entrada.
—Si necesita ayuda, aquí tiene mi tarjeta —le dijo.
Ella la guardó sin prometer nada y se subió a un taxi.
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