Esa noche no lloró. Se quitó las joyas, dobló el vestido, se duchó en silencio y se sentó a la mesa de la cocina con una libreta. Hizo cuentas. Escribió nombres. Trazó un plan.
A la mañana siguiente, Emiliano le mandó flores. Las tiró a la basura.
Luego llamó. Ella respondió solo para decirle:
—Prefiero limpiar cien casas antes que volver a trabajar para usted.
Dos días después, Rebeca apareció en su departamento con una oferta de dinero para que desapareciera y guardara silencio. Como Camila se negó, la amenaza subió de tono. Y antes de irse, Rebeca vio el estuche con las joyas familiares, aún en la mesa, listo para ser devuelto.
Sonrió.
Esa misma noche llegó la policía con una denuncia por robo.
Lo que Rebeca no sabía era que Camila había guardado todos los mensajes de Emiliano, incluidos aquellos donde él le recordaba devolver las joyas. Tampoco sabía que había fotos del evento, testigos y, sobre todo, que Santiago no pensaba quedarse de brazos cruzados.
Fue él quien llegó a la comisaría con una abogada brillante, una mujer firme llamada Patricia Navarro. En pocas horas, la trampa empezó a desmoronarse. La firma en la denuncia no coincidía. Los mensajes contradecían la versión del robo. La policía entendió pronto que habían querido incriminar a una inocente.
Mientras tanto, el escándalo empezó a correr por la ciudad.
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