Porque Camila ya no estaba siendo útil solo como una esposa decorativa. Empezaba a destacar por sí misma.
Después del postre, Emiliano le pidió que fuera al coche por un medicamento. Lo dijo frente a todos, con una sonrisa perfecta. Ella obedeció, aliviada por tener un momento para respirar.
Pero al volver por un pasillo lateral, escuchó voces en una sala contigua. La puerta estaba entreabierta. Reconoció la risa de Emiliano antes de distinguir las palabras.
—Es la mujer que limpia mi casa —decía él—. No había mejor opción. Sin apellido, sin contactos, sin poder. Además, está desesperada por el dinero de su madre. Era fácil convencerla.
Los hombres rieron.
—Pues te salió mejor de lo esperado —dijo otro—. Hasta parece de tu clase.
Más risas.
—En cuanto Hoffmann firme, todo vuelve a la normalidad —continuó Emiliano—. Ella regresará a limpiar mis pisos y esto se habrá acabado.
Camila sintió que algo se rompía dentro de ella. No solo por la crueldad. No solo por la humillación. Sino porque una parte de ella, la más tonta, había creído que quizá él empezaba a verla como persona.
Respiró hondo, levantó el mentón y entró a la sala como si no hubiera oído nada.
—Tu medicamento —dijo, extendiéndole el estuche.
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