La primera en acercarse fue Rebeca Salinas, abogada de la empresa y vieja amiga de Emiliano. Alta, elegante, venenosa. Sonrió como quien acaricia antes de arañar.
—Así que tú eres la misteriosa esposa —dijo, examinándola de arriba abajo—. Qué sorpresa.
A su lado estaba doña Elena Valdés, la madre de Emiliano, una mujer de porte impecable y ojos fríos.
Camila respondió con educación, sosteniendo la máscara con esfuerzo. Por fortuna, un socio de la empresa, Santiago Navarro, apareció en ese momento y desvió la conversación. A diferencia de los demás, él la trató con una cortesía real, sin morbo ni desprecio.
Durante la cena, Camila hizo exactamente lo que había prometido: habló poco, sonrió cuando era necesario y dejó que Emiliano llevara el control. Pero entonces ocurrió algo que él no esperaba.
El inversionista principal, un alemán llamado Klaus Hoffmann, le hizo una pregunta casual sobre arte colonial mexicano. Camila, que desde niña amaba leer lo que encontraba prestado en bibliotecas públicas y que había aprendido por su cuenta mientras limpiaba la biblioteca de la mansión, respondió con una sensibilidad y una claridad que sorprendieron a todos.
La conversación derivó hacia restauración, patrimonio, historia. Y Camila brilló.
Por primera vez en la noche, los invitados dejaron de verla como un adorno y empezaron a escucharla de verdad. Klaus sonrió fascinado. Santiago también. Incluso varias mujeres que antes la observaban con superioridad tuvieron que reconocer su inteligencia.
Emiliano la miró con una expresión extraña. Orgullo, tal vez. O incomodidad.
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