Los siguientes dos días fueron una extraña mezcla de humillación y descubrimiento. Una asistente le enseñó a caminar con tacones, a sostener una copa de vino, a usar los cubiertos correctos, a sonreír sin enseñar demasiado los dientes, a responder preguntas sobre viajes inventados y universidades que jamás había pisado. Le entregaron un vestido color marfil, joyas familiares de los Valdés y una historia falsa: había conocido a Emiliano en Madrid, se habían casado en una ceremonia íntima en Oaxaca y por problemas de salud había permanecido lejos de los eventos sociales.
Pero lo más difícil no fue memorizar la mentira. Fue mirarse al espejo cuando se probó el vestido.
Por primera vez en mucho tiempo, no vio a la mujer agotada que fregaba pisos hasta que le dolían las manos. Vio a una mujer hermosa. Fuerte. Erguida. Una mujer que tal vez siempre había estado ahí, enterrada bajo el cansancio y el desprecio ajeno.
Cuando Emiliano entró al vestidor y la vio, se quedó quieto. Fue un segundo apenas, pero Camila alcanzó a notar el desconcierto en su rostro. Como si también él descubriera algo que no había querido ver.
—Te ves bien —dijo al final, recuperando su tono seco—. Funcionará.
Aquella noche, el hotel parecía un palacio encendido. Candelabros, flores blancas, trajes a la medida, perfumes caros, sonrisas ensayadas. Cuando Camila entró del brazo de Emiliano, las conversaciones se fueron apagando una por una. Todas las miradas se clavaron en ella.
Ella sintió el juicio en el aire. ¿Quién era esa mujer? ¿De dónde había salido? ¿Por qué nadie la conocía?
Pero caminó con la cabeza en alto.
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