Diego creció viendo mis desvelos, pero nunca permitió que el dinero lo deslumbrara. Era arquitecto. No diseñaba edificios para impresionar ricos; diseñaba espacios con luz, con aire, con alma. Decía que una casa debía abrazar a quien entrara, y que una plaza debía invitar a la gente a quedarse. Tenía esa clase de bondad que hoy parece inventada: de niño recogía perros heridos, de adulto llevaba café a todo su equipo de trabajo y pedía perdón aunque no tuviera culpa.
Cuando me presentó a Lorena, me esforcé por quererla. Era inteligente, elegante, impecable. Tenía esa sonrisa profesional que sabe caer bien en cualquier mesa. Trabajaba en una firma de consultoría financiera en Monterrey, Consultores Rivas, y hablaba con seguridad de crecimiento, rendimiento, posicionamiento y oportunidades. A Diego le fascinaba su empuje. A mí me inquietaban sus ojos. Sonreían menos que su boca.
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