Sin saber que yo era el dueño de la empresa donde ella trabajaba, mi nuera me echó de casa después del fallecimiento de mi hijo.

Sin saber que yo era el dueño de la empresa donde ella trabajaba, mi nuera me echó de casa después del fallecimiento de mi hijo.

Me llamo Elena Márquez, tengo sesenta y ocho años, y durante casi toda mi vida la gente me ha subestimado. Tal vez porque nunca me interesó parecer importante. Vivo en una casa tranquila en Querétaro, manejo un coche viejo, uso suéteres cómodos y compro el pan en la misma tienda desde hace veinte años. Si alguien me ve en la calle, piensa que soy una señora jubilada que alimenta palomas y riega bugambilias.

No saben nada.

Hace más de cuarenta años me quedé viuda, con un niño de cinco años y un miedo tan grande que apenas me dejaba respirar. Ese niño era Diego. Mi razón para seguir de pie cuando todo lo demás se había derrumbado. Trabajé de contadora de día, llevé libros de pequeños negocios de noche, aprendí a invertir, a negociar, a aguantar. Lo que empezó como asesorías modestas terminó convirtiéndose, con los años, en Grupo Márquez, una firma privada con inversiones en bienes raíces, energía, consultoría y desarrollo urbano en varias ciudades del país.

Pero jamás cambié mi forma de vivir.

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