En las primeras cenas fue encantadora. Me elogió la comida, preguntó por la infancia de Diego, escuchó con atención. Pero también hizo algo que entonces parecía inocente: preguntó mucho sobre inversiones, fondos, estructuras de propiedad, mercado inmobiliario. Nunca de forma vulgar. Nunca directa. Todo sonaba a curiosidad profesional. Sin embargo, con los años aprendí que las preguntas revelan más que las respuestas.
Aun así, Diego estaba enamorado. Y un hijo feliz puede hacer que una madre silencie hasta sus peores presentimientos.
Se casaron en una ceremonia pequeña en San Miguel de Allende. Yo pagué discretamente todo. Después compraron una hermosa casa en las afueras de Monterrey. Lorena creía haber conseguido una excelente hipoteca gracias a una negociación bancaria inteligente. Lo que nunca supo fue que el fondo de inversión que respaldaba esa operación pertenecía a una de mis subsidiarias. Ayudé a mi hijo como siempre lo había hecho: sin presumirlo, sin cobrar afectos.
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