Y luego me miró como si yo tuviera que ayudarlo a que el momento fuera menos incómodo.
De regreso al departamento, en la carretera, él iba dando golpecitos al volante con una mano.
—Solo se preocupa —me dijo, como si leyera un libreto—. No quiere ser mala onda.
Yo miré las luces pasar sobre su cara.
—Tu mamá no tiene que quererme. Pero tú sí tienes que respetarme.
Él suspiró como si yo le complicara la vida.
—Sí te respeto. Solo cree que… no sé… podrías ser más compatible conmigo.
—¿Compatible cómo?
Tardó un poco en responder.
—Ella piensa que no eres tan ambiciosa como yo.
Sentí algo pequeño y duro formarse detrás del pecho. No era todavía desamor. Era una advertencia.
Porque lo que la señora Patricia nunca veía —y Emilio cada vez menos— era lo que yo hacía para que nuestra vida funcionara. No lo hacía por agradecimiento. Lo hacía porque pensaba que estábamos construyendo algo juntos. Yo llevaba el calendario mental de los dos. Agendaba citas médicas que él olvidaba hasta que le dolía una muela. Pagaba servicios antes de que vencieran. Hacía despensa cuando él decía que andaba corto de dinero. Hablaba con el casero. Esperaba al plomero. Recordaba los nombres de sus compañeros, el cumpleaños de su jefe, los detalles que él necesitaba para sentirse competente en lugares donde se sentía inseguro.
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