Abrí la segunda carpeta.
—Como accionista mayoritaria, he convocado esta reunión para revisar el desempeño de la dirección ejecutiva. Empecemos por los resultados reales.
No necesité alzar la voz. Los números hablaron mejor que cualquier discurso. Satisfacción laboral abajo treinta y ocho por ciento en dos años. Rotación de personal clave arriba cuarenta y siete por ciento. Quejas internas por discriminación congeladas en Recursos Humanos. Gasto excesivo en viajes, bonos ejecutivos injustificados, proyecciones infladas para maquillar una curva de ingresos que ya venía estancándose.
Martín quiso interrumpirme dos veces.
—Estás manipulando los datos.
—No —respondí—. Estoy dejándolos respirar.
Deslicé otro informe sobre la mesa.
—También traigo testimonios firmados de líderes de área, encuestas internas y una revisión del uso de fondos autorizados bajo tu gestión. Durante años operaste bajo una sola certeza: que nadie con suficiente poder te pediría cuentas. Esa certeza termina hoy.
Vi a la asesora jurídica empezar a escribir frenéticamente en su tableta. Vi al director financiero susurrarle algo a don Guillermo. Vi, por primera vez, a Martín sin control de la habitación.
Entonces saqué el último documento.
—Presento una moción para remover a Martín Salgado del cargo de director general, con efecto inmediato. Mi participación accionaria es suficiente para aprobarla sin necesidad de una segunda votación.
La secretaria del consejo palideció.
—No hace falta… ¿ningún otro voto?
—Poseo el noventa por ciento —dije—. No existe mayoría más clara.
Leave a Comment