Martín golpeó la mesa con la palma.
—¡No puedes hacer esto!
Lo sostuve con la mirada.
—Ya lo hice.
No hubo necesidad de llamar a seguridad. Salió por su propio pie, consumido por una mezcla de rabia y humillación que le encogía la espalda. Cuando la puerta se cerró tras él, la sala entera pareció aflojarse.
Yo también exhalé.
No sentí triunfo.
Sentí orden.
—Esta empresa merece algo mejor —dije, mirando al resto del consejo—. Y su gente también.
Don Guillermo sonrió con tristeza y alivio al mismo tiempo.
—Bienvenida a casa, Elena.
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