Luego me senté en la cabecera.
El silencio fue tan completo que pude escuchar el zumbido del aire acondicionado.
Martín no se movió al principio. Se quedó mirándome como si el cerebro no alcanzara a procesar lo que sus ojos veían.
—Esto es una reunión del consejo —repitió, con voz más áspera.
—No estoy aquí como empleada —contesté—. Estoy aquí como accionista mayoritaria.
Vi cómo la frase caía sobre la mesa como un objeto de metal. Algunos directivos se enderezaron. Otros se miraron entre sí. Don Guillermo Dávila, el único consejero que había trabajado con mi padre desde el inicio, tomó el documento que tenía enfrente, ajustó los lentes y leyó en silencio. Luego alzó la vista.
—¿Es correcto esto?
—Lo es —respondí—. Mi padre dejó el noventa por ciento de las acciones bajo un fideicomiso a mi nombre. Los derechos de voto se activaron al cumplir treinta años. El licenciado Alcázar puede confirmar la validez de cada documento.
Martín soltó una risa incrédula.
—Esto es absurdo. ¿Por qué tu padre haría algo así?
Lo miré de frente.
—Porque confiaba en mí. Y porque sabía exactamente lo que podía pasar con esta empresa si la dejaba sin vigilancia.
La sala volvió a quedarse quieta.
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