Era palanca.
Y de pronto la tenía toda.
Por eso, cuando Martín me despidió, no sentí caída. Sentí permiso.
El viernes por la mañana, el licenciado notificó formalmente la convocatoria a una reunión extraordinaria de accionistas. Un único punto en la agenda: revisión de liderazgo y nombramiento de nueva dirección ejecutiva. La reunión quedó programada para el martes. Dos días hábiles para que el consejo entrara en pánico. Dos días para que Martín siguiera sintiéndose invencible.
El martes llegué diez minutos antes.
Llevaba un traje azul marino que había comprado para ocasiones importantes y nunca había estrenado. No quería verme más poderosa. Quería verme exacta. Nítida. Imposible de minimizar.
En el elevador me esperaba el licenciado Alcázar.
—Ya están todos —dijo.
—¿Y Martín?
—Hablando como si fuera otra junta cualquiera.
Sonreí apenas.
—No por mucho tiempo.
Cuando abrí la puerta de la sala del consejo, el sonido de las voces se cortó en seco. Martín estaba de pie, señalando una gráfica proyectada en pantalla. Se detuvo a media frase cuando me vio.
—Elena —dijo, frunciendo el ceño—. Esta reunión es solo para miembros del consejo.
Caminé hasta la mesa y coloqué mis documentos frente a ellos.
—Exactamente.
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