—Procederé a leer el testamento de don Ricardo Montiel —anunció el abogado, aclarando la garganta.
Lo primero cayó, como era de esperarse, del lado de Eugenia y sus hijos. La casa grande de la ciudad. Los autos. La colección de vinos. La membresía del club. Una parte visible y ostentosa del patrimonio. Eugenia no sonrió, pero en sus ojos apareció ese brillo frío que Mayra conocía bien.
Luego llegó la pausa.
—Y a Mayra Montiel… —dijo el abogado, mirando el papel como si le pesara— se le adjudica la antigua casa de labor, el terreno colindante y el granero.
Hubo un segundo de silencio.
Luego una risa.
Álvaro fue el primero en soltarla, breve y cruel.
—Bueno, al menos te dejó el heno.
Esteban añadió, reclinándose en su silla:
—Ojalá encuentres una vaca que combine con la herencia.
Eugenia no los reprendió. Solo unió las manos sobre las piernas y dijo con una dulzura venenosa:
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