staba limpiando el granero de su padre después de su muerte, y lo que encontró cambió su vida para siempre.”
El funeral olía a lirios, tierra mojada y resentimientos viejos.
Mayra Montiel permanecía sentada en la segunda fila, con las manos entrelazadas sobre el regazo y los nudillos tan tensos que parecían de yeso. Al frente, el ataúd de caoba donde descansaba su padre brillaba bajo la luz gris de la capilla como si hasta en la muerte don Ricardo Montiel se negara a perder la dignidad. A su alrededor, familiares, socios y conocidos murmuraban con esa mezcla de lástima y curiosidad que siempre acompaña a las grandes fortunas cuando el patriarca cae.
Mayra no lloraba. No porque no le doliera, sino porque el dolor se le había quedado atascado en alguna parte entre el pecho y la garganta desde el momento en que vio bajar el ataúd de la carroza.
Su padre había sido un hombre complicado. Terco, brillante, silencioso. Más de una vez la había herido con su distancia. Pero también había sido el único que, en la infancia, le enseñó a distinguir el olor de la tierra antes de la lluvia, a leer números como si contaran historias y a subir al techo del granero para mirar las estrellas cuando la casa se llenaba de gritos y apariencias.
Después del entierro, todos regresaron a la antigua hacienda familiar en las afueras de San Miguel de Allende. El cielo estaba encapotado, y el viento hacía gemir los álamos del camino como si la propiedad misma supiera que algo definitivo estaba a punto de romperse.
En el salón principal, el abogado de la familia acomodó unos documentos sobre una mesa de nogal. La madrastra de Mayra, Eugenia, estaba sentada erguida junto a sus dos hijos, Álvaro y Esteban, impecables de negro, con el luto perfectamente planchado. Mayra ocupó una silla aparte, como llevaba haciéndolo desde que Eugenia entró a su vida quince años atrás con una sonrisa perfecta y los colmillos ocultos.
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