Sentía las muñecas entumecidas, los dedos dormidos y un frío pegado al cuerpo, como si estuviera dentro de una tumba sin tierra. Su respiración era corta, irregular y en sus oídos aún zumbaba el eco de algo que no lograba recordar del todo.
El suelo bajo su cuerpo era de cemento húmedo y una humedad agria subía por sus narices, mezclada con el olor de polvo, encierro y olvido. Al intentar moverse, sintió un calambre que le recorrió la espalda y soltó un pequeño quejido.
Tardó unos segundos en comprender que no estaba en su cama. que no estaba en su cuarto y que algo no estaba bien. Intentó incorporarse, pero el mareo la obligó a quedarse sentada apoyada contra una pared helada que le raspaba la espalda con su textura áspera.
Parpadeó varias veces, esperando que la oscuridad se diera, pero solo escuchaba su propia respiración y el silencio absoluto que la envolvía. Fue entonces cuando casi por instinto levantó una mano temblorosa y golpeó la pared con los nudillos.
Uno, dos, tres golpes suaves, apenas audibles, pero suficientes para encender el miedo en su pecho. Nadie respondió. El silencio continuó impasible, como si se burlara de ella. golpeó más fuerte, esta vez con ambas manos, con desesperación y gritó el nombre de su hija.
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