Nadie respondió. Solo el eco de su voz le devolvía la angustia. La oscuridad la envolvía como una manta fría y el olor a humedad le recordaba que ese espacio no había sido hecho para vivir, sino para morir lentamente.
Cerró los ojos y en ese instante por primera vez sintió miedo de verdad, no por la muerte, sino por haber sido abandonada por quien más amaba. Y sin embargo, dentro de ese miedo, una semilla diminuta de rabia, de resistencia, comenzó a nacer.
Estela, la mujer que había sido madre, esposa, trabajadora, que había criado sola a su hija, no estaba lista para rendirse, ni siquiera ahí entre cuatro paredes de ladrillo. ¿Te imaginas que tu propio hijo pudiera hacerte algo así?
Puedes sentir el nudo en el pecho de una madre traicionada. Esta historia no ha hecho más que empezar. La oscuridad era tan densa que parecía tener peso. Estela abrió los ojos lentamente, pero no encontró ninguna luz que la orientara.
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