La echaron de su casa en pleno invierno—pero lo que construyó en la CUEVA dejó a todos sin palabras…

La echaron de su casa en pleno invierno—pero lo que construyó en la CUEVA dejó a todos sin palabras…

Elena se ocupaba de Tomás y de Inés en las horas en que Consuelo necesitaba las dos manos libres, que eran casi todas. tenía 7 años y una responsabilidad que le había caído encima de golpe y la cargaba con una mezcla de orgullo y cansancio que con suelo notaba y no sabía bien cómo aliviar.

Una tarde, Elena le trajo un puñado de paja seca que había recolectado más arriba del barranco, sin que nadie se lo hubiera pedido, porque había escuchado a su madre decir que necesitaba más para mezclar con la arcilla del suelo.

Consuelo se quedó mirando la paja en las manos de la niña un momento y luego la abrazó rápido, sin exagerar, porque Elena no era de las que aguantaban bien los abrazos largos.

Bien hecho”, le dijo al oído. Elena se soltó, se sacudió la ropa y volvió a donde estaba Tomás como si nada. Pero Consuelo vio que caminaba diferente por el resto del día.

La arcilla del barranco, mezclada con esa paja y prensada en capas, fue lo que niveló el suelo de la gruta, convirtiendo la tierra irregular y fría, en algo firme que no cedía bajo el peso de los pies.

El techo fue el problema más serio. La roca encima de la gruta era sólida, pero las grietas laterales dejaban pasar el agua cuando llovía fuerte. Y en Asturias eso no era una posibilidad, sino una certeza.

Consuelo pasó dos días estudiando el ángulo antes de hacer nada, porque sabía que una chimenea mal orientada humearía hacia adentro y que un sellado mal ejecutado se desprende al primer invierno.

fue a buscar resina de pino al bosque que empezaba más arriba del barranco, lo cual le llevó una mañana entera y la hirvió en la olla de hierro hasta obtener la consistencia que recordaba haber visto usar a los pastores en los refugios del monte.

aplicó la resina caliente sobre las capas de musgo que había colocado primero, sellando cada junta con la paciencia de quien sabe que ese techo es lo que separa a sus hijos del invierno asturiano.

Marcos la observó a hacer todo el proceso sin interrumpir y cuando terminó preguntó si podía intentar sellar una parte él solo. Consuelo le dio el pincel que había hecho con ramas atadas y se apartó.

Él lo hizo despacio, con más cuidado del necesario y cuando terminó ella revisó el trabajo en silencio y dijo que estaba bien. Esa noche Marcos durmió con una expresión diferente en la cara, más tranquila, como si hubiera resuelto algo que lo inquietaba.

La puerta de madera la encontraron en un cobertizo abandonado al norte del barranco, una estructura medio derrumbada que había pertenecido a una familia que se había marchado a Oviedo años atrás y no había vuelto.

Las vigas estaban viejas pero sólidas, y Consuelo y Marcos las arrastraron en cuesta abajo durante una tarde entera, parando cada tanto para descansar y retomar. cuando por fin la instalaron en la abertura del muro con los goznes improvisados que Consuelo había fabricado con tiras de cuero viejo.

La puerta no era recta ni era bonita. Tenía un espacio pequeño en la parte inferior por donde entraba aire y el cuero no iba a durar más de un año antes de necesitar reemplazo.

Pero cerraba y cuando cerraba el interior cambiaba de naturaleza. Dejaba de ser una grieta en una roca y se convertía en un lugar con adentro y afuera, con dentro y fuera.

Tomás la abrió y la cerró cuatro veces seguidas, solo para comprobar que funcionaba. Y la quinta vez Consuelo le dijo que ya bastaba, pero sin enojo, porque entendía exactamente lo que el niño estaba haciendo.

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