Seis semanas después de haber dicho aquí, frente a la grieta vacía, Consuelo encendió el fogón de piedra que había construido en el rincón izquierdo, apoyado en la pared de roca viva, con una chimenea que llevaba el humo hacia afuera por la fisura que ella había identificado desde el primer día.
El fuego prendió al segundo intento, puso la olla de hierro sobre las brasas y cocinó un puchero asturiano con los huesos que había conseguido en el mercado de mieres el jueves anterior, versa, patata y lo que quedaba de cesina seca.
Los cuatro niños comieron sentados en el suelo con el calor del fogón llegándoles a la cara y nadie habló mucho, que era la manera que tenía esa familia de estar bien.
La casa no era bonita, el suelo era de arcilla prensada, las paredes eran piedras sin pulir y la puerta no cerraba del todo derecha, pero no entraba la lluvia y no entraba el viento.
Y cuando Consuelo apagó la vela esa noche y escuchó a los cuatro dormirse uno por uno, se quedó despierta con los ojos abiertos en la oscuridad, sintiendo el frío golpear los robles afuera, intentarlo y no poder entrar.
Los pastores más viejos de Villanueva dijeron después que había señales desde octubre, que los mirlos habían partido antes de lo habitual y que el ganado llevaba semanas inquieto, sin razón aparente.
Pero las señales siempre son más claras después que antes. Y cuando la nieve empezó a caer, la segunda semana de enero de 1872, nadie en la aldea estaba preparado para la cantidad.
Cayó tres días seguidos un blanco espeso que fue subiendo despacio por las paredes de las casas y que convirtió el camino a Mieres en algo intransitable antes de que terminara el primer día.
Consuelo lo vio venir desde el barranco con una mezcla de preocupación y algo que no era exactamente calma, pero se le parecía. Había reservado leña desde noviembre, más de lo que cualquier vecino habría considerado necesario, y había sellado las grietas de la puerta con tiras de lana vieja empapadas en sebebo, un truco que había visto hacer a su padre en inviernos difíciles.
Cuando la nieve empezó a acumularse sobre el techo de roca, Consuelo subió a revisar el sellado de resina con sus propias manos, palpando cada junta con los dedos. buscando humedad.
No encontró ninguna. Bajó, puso más leña en el fogón y le dijo a Marcos que al día siguiente no saldrían a buscar agua al arroyo, que tenían suficiente con lo almacenado y que se quedarían adentro.
Lo que pasó en la aldea lo supo después por partes, porque cada familia que subió al barranco trajo su propia versión. La primera casa en Ceder fue la de Benigno Sordo, el carretero viudo que vivía solo en el extremo sur de Villanueva.
El adobe que usaban para construir en esa parte de Asturias era resistente en condiciones normales, pero absorbía humedad con el tiempo. Y cuando esa humedad se combinaba con el peso de la nieve acumulada en el tejado, las paredes cedían desde adentro hacia afuera sin aviso.
La casa del benigno se derrumbó de madrugada. Él salió ileso porque dormía en el cuarto más pequeño, el único que aguantó. Pero amaneció en la calle con la ropa del cuerpo y una expresión que varios vecinos describieron igual.
La cara de alguien que todavía no ha terminado de entender lo que acaba de perder. La segunda casa fue un cobertizo grande de la familia Lavandera, en el centro de la aldea que se llevó consigo parte del muro de la vivienda contigua.
Después de eso, la aldea empezó a mirar hacia el monte. Remedios. Cano llegó la primera. Consuelo la escuchó subir antes de verla. Los pasos en la nieve tienen un ritmo particular cuando alguien está agotado y tiene frío y lleva a dos niños de la mano.
Se asomó por la puerta y la vio parada a unos metros, con los pies empapados hasta el tobillo y la cara de quien ha tomado una decisión que le costó más de lo que aparenta.
remedios había sido de las que no dijeron nada en el bar cuando Silverio Camba propuso apostar, pero tampoco había dicho nada en contra y las dos sabían que el silencio en esos casos no es neutral.
Se miraron un momento. Remedios abrió la boca como para decir algo y luego la cerró. Consuelo se apartó de la puerta y dijo, “Pasa que los niños están helados.” nada más sin nombrar lo que había pasado, sin cobrar nada, sin hacer que la otra mujer tuviera que encontrar palabras para lo que no tenía palabras fáciles.
Remedios. Entró con los dos hijos, los sentó cerca del fogón y se quedó de pie un momento mirando las paredes, los encajes de piedra, el techo que no goteaba y no dijo nada de eso tampoco, pero lo miró.
En las siguientes horas llegaron tres familias más. Llegó benigno sordo con lo que había podido agarrar antes de salir, que era una manta y un saco con algo de harina.
Llegó la viuda Paquita Merino con su hija mayor y dos nietos pequeños que habían caminado desde el otro extremo de la aldea con la nieve por las rodillas. Llegó también Anselmo Tejero, que era el mismo hombre que había hecho la primera apuesta en el bar de secundino y
que entró sin levantar la vista del suelo y se puso en el rincón más alejado de donde estaba Consuelo, como si la distancia física pudiera resolver algo. Consuelo lo vio entrar y no dijo nada.
Le señaló un espacio junto a la pared donde podía sentarse y siguió ocupándose de la olla. Para cuando anocheció, eran 12 personas dentro de una construcción pensada para cinco, y el calor que generaban los cuerpos juntos, más el fogón era suficiente para mantener el frío afuera, lo cual era exactamente lo que hacía falta y nada más.
La olla de hierro no paró en dos días. Consuelo, cocinó con lo que había y con lo que cada familia había traído, que su mado, daba más de lo que cualquiera esperaba.
El saco de harina de benigno sirvió para hacer unas tortas planas que Elena cocinó directamente sobre las brasas, siguiendo las instrucciones de su madre con una concentración en la cara que hizo que Remedios Cano la mirara y le dijera en voz baja que tenía buenas manos.
Elena no respondió, pero Consuelo que estaba cerca y lo oyó, notó que la niña no volvió a cometer ningún error con las tortas. En algún momento de la segunda noche, cuando la mayoría dormía apilada en el suelo bajo las mantas que habían traído, Anselmo Tejero se acercó a Consuelo, que estaba revisando el estado del fuego.
Se quedó parado a su lado un momento y luego dijo sin mirarla, que no sabía que una cosa así podía construirse así. Consuelo no respondió de inmediato. Después dijo, “Mi padre lo sabía.” Anselmo asintió y volvió a su rincón.
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