Desordenado.
Desesperado.
Y entonces miró su bicicleta.
La idea parecía imposible.
Ridícula.
Pero era lo único que tenía.
Con esfuerzo, logró arrastrar al hombre hasta un lado de la bicicleta. Lo apoyó como pudo, sujetándolo con una cuerda vieja que llevaba en la mochila.
No era seguro.
No era cómodo.
Pero era lo único posible.
—Aguante, señor… por favor —susurró.
Y empezó a pedalear.
El hospital más cercano estaba a 61 millas.
Tomás no sabía exactamente cuánto era eso.
Solo sabía que estaba lejos.
Muy lejos.
Los primeros kilómetros fueron los más difíciles.
El peso extra hacía que cada pedalada doliera.
El equilibrio era inestable.
El viento en contra no ayudaba.
Pero siguió.
El sol salió completamente.
El calor comenzó a subir.
El sudor le corría por la frente.
Sus piernas temblaban.
—No te detengas —se repetía—. No te detengas.
A mitad del camino, el hambre apareció.
Luego la sed.
Luego el cansancio.
Ese cansancio que no es físico, sino profundo.
El que te dice que te rindas.
Pero cada vez que pensaba en parar, miraba al hombre.
Su rostro pálido.
Su respiración débil.
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