Hasta que no lo fue.
Tomás decidió salir de la ciudad ese día. A veces lo hacía. Decía que el aire era distinto afuera, menos pesado, menos lleno de indiferencia.
Pedaleó por una carretera larga, rodeada de campos secos y árboles dispersos. El cielo empezaba a teñirse de naranja cuando lo vio.
Un auto, detenido a un lado del camino.
La puerta abierta.
Y un hombre en el suelo.
Tomás frenó bruscamente
Su primer instinto fue seguir.
No meterse.
No complicarse.
Eso era lo que la vida le había enseñado.
Pero algo lo detuvo.
Se acercó con cautela.
—¿Señor?
El hombre no respondía.
Estaba inconsciente.
Su respiración era débil.
Había sangre en su camisa.
Tomás miró a su alrededor.
Nada.
Ni una casa.
Ni una señal.
Ni ayuda.
El miedo apareció.
Pero también algo más fuerte.
—No te puedo dejar aquí —murmuró.
Intentó moverlo.
Era demasiado pesado.
Intentó despertarlo.
Nada.
Pensó.
Rápido.
Leave a Comment