Y pedaleaba más fuerte.
Pasaron horas.
El paisaje cambiaba lentamente.
Campos.
Carreteras vacías.
Un par de autos que pasaban sin detenerse.
Nadie sabía lo que estaba ocurriendo.
Nadie imaginaba que un niño estaba luchando contra el tiempo en una bicicleta rota.
En un momento, Tomás cayó.
La bicicleta se desestabilizó y ambos terminaron en el suelo.
El golpe fue duro.
El aire se le fue.
Se quedó allí unos segundos.
Mirando el cielo.
Pensando.
Dudando.
—No puedo… —susurró.
Pero luego…
Giró la cabeza.
Y vio al hombre.
Inmóvil.
—Sí puedes —se corrigió.
Se levantó.
Con dificultad.
Con dolor.
Pero se levantó.
Volvió a subirlo a la bicicleta.
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