Me desperté de un coma de 6 meses. Mi hijo dijo: “Mamá, le di tu casa a mis suegros. Pensé que ibas a morir.” Mi nuera completó: “Encuentra otro lugar para vivir.” Tomé mi bolso y salí. Tres horas después, cuando volvieron a casa… El grito de shock resonó…

Me desperté de un coma de 6 meses. Mi hijo dijo: “Mamá, le di tu casa a mis suegros. Pensé que ibas a morir.” Mi nuera completó: “Encuentra otro lugar para vivir.” Tomé mi bolso y salí. Tres horas después, cuando volvieron a casa… El grito de shock resonó…

“Lo sé, mamá. Solo pensaba en voz alta”.

Hubo un silencio largo.

“Petra te pidió que me preguntaras esto”.

Matías no respondió. Y esa falta de respuesta fue toda la respuesta que necesitaba.

Lo miré. Mi hijo, el niño que había cargado en mis brazos, el joven que me había prometido cuidarme. Y vi a un extraño.

“No voy a vender mi casa, Matías”.

“Está bien, mamá. Era solo una pregunta”.

Se quedó media hora más y luego se fue. Y yo me quedé sentada en el patio bajo el limonero con el corazón roto. Porque esa pregunta no era inocente, era una prueba. Y acababa de fallarla.

Los meses siguientes fueron extraños. Matías dejó de venir por completo. Llamaba de vez en cuando, pero las conversaciones eran breves.

“¿Cómo estás, mamá?”

“Bien, mi amor. ¿Y tú?”

“Bien. Ocupado. Te llamo luego”.

Y colgaba.

Yo trataba de no pensar demasiado en ello. Trataba de convencerme de que era normal, que él estaba ocupado, que tenía su propia vida. Pero en el fondo sabía la verdad. Me estaba alejando de mí y yo no sabía cómo detenerlo.

Fue en diciembre de ese año cuando sentí el primer mareo. Estaba en la cocina preparando tamales para vender en la plaza. De repente, todo empezó a girar. Me agarré del borde de la mesa y esperé a que pasara. Pasó. Pero dos días después volvió a pasar y luego otra vez.

Fui al doctor del centro de salud. Me hizo unos análisis, me dijo que mi presión estaba alta.

“Tiene que cuidarse, señora. Menos sal, menos estrés, más descanso”.

Asentí. Tomé las pastillas que me recetó, pero no le dije nada a Matías porque sabía que, si le decía, vendría solo por obligación. Y yo no quería eso. Yo quería que viniera porque me amaba, no porque se sintiera culpable.

Pasó otro año. Los mareos continuaron. A veces eran leves, otras veces fuertes, pero yo seguía adelante. Seguía vendiendo comida, seguía cuidando mi casa, seguía esperando que Matías volviera.

Y entonces, una tarde de mayo, todo cambió.

Estaba en la cocina como siempre, preparando la comida. El radio estaba encendido, tocaban música de José Alfredo Jiménez. De repente sentí que el piso se movía bajo mis pies, pero esta vez no paró. Intenté agarrarme de algo, pero mis manos no respondieron. Caí y, antes de que todo se volviera negro, alcancé a pensar: “Matías, perdóname”.

No recuerdo el hospital, no recuerdo la ambulancia, ni las luces, ni las voces de los paramédicos. Lo único que recuerdo es despertar en la oscuridad. Una oscuridad completa, silenciosa, pesada. No podía mover mi cuerpo, no podía abrir los ojos, no podía hablar, pero podía escuchar.

Al principio eran solo sonidos distantes: pitidos, voces amortiguadas, pasos apresurados. Luego, poco a poco, empecé a reconocer palabras.

“Derrame cerebral severo”.
“Está en coma”.
“No sabemos cuándo va a despertar, si es que despierta”.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top