“Cualquier mejora, construcción o modificación realizada en el inmueble por parte del comodatario quedará a beneficio de la propiedad, sin derecho a indemnización alguna al momento de la desocupación”.
Solté una carcajada seca que resonó en la cocina vacía. Eduardo se había gastado una fortuna el año pasado construyendo un asador de ladrillo estilo argentino y una terraza techada con madera fina en el patio trasero.
—Para recibir a los socios, suegra. Esto le da plusvalía a nuestra casa —me dijo, enfatizando el nuestra.
Pobre iluso. Acababa de regalarme una terraza de lujo. Todo ese dinero que decía no tener para pagarme la renta simbólica que alguna vez sugerí, lo había invertido en ladrillos que ahora legalmente eran míos.
Me levanté y busqué mi libreta de cuentas. No soy una mujer rica en apariencia. Visto ropa sencilla, no uso joyas ostentosas y manejo un auto compacto del año 2010 que apenas saco para ir al supermercado. Ellos ven eso y ven escasez. Ven a una viuda que vive de su pensión del ISSSTE.
Lo que Eduardo y Marcela ignoran, porque nunca se dignaron a preguntar, es que Rogelio no solo me dejó la casa grande, me dejó acciones. Me dejó terrenos en la zona sur que vendimos hace 5 años para invertir en fondos de bajo riesgo. Mi cuenta bancaria tiene más ceros de los que Eduardo ha visto juntos en su vida de empresario emprendedor.
Durante años permití que me subestimaran. Era más fácil así. Era el papel que la sociedad nos asigna a las mujeres mayores: la abuela dulce, la que da el billete a escondidas, la que cocina el mole los domingos y se calla la boca en la mesa.
Acepté ser el mueble viejo en la esquina de la habitación. ¿Por qué? Por amor. Por ese amor ciego y a veces tonto que sentimos las madres. Quería que Marcela viviera como una reina, aunque su marido fuera un bufón. Quería que Camila tuviera un jardín grande para correr.
Pero el amor sin respeto es solo servidumbre.
Me miré en el espejo del pasillo. Vi mis canas, mis arrugas alrededor de los ojos, la piel un poco flácida del cuello, pero también vi los ojos de la mujer que sacó adelante una sala de urgencias durante epidemias y desastres. Vi a la mujer que administró el patrimonio familiar cuando Rogelio enfermó.
—Te han tomado el pelo, Socorro —me dije a mí misma en voz alta—. Te han tratado como a una carga cuando tú eres la que lleva el peso.
Recordé las veces que Eduardo se burlaba sutilmente de mi profesión.
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