—Doña Socorro, qué milagro, qué gusto escucharla. ¿Cómo está? ¿Pasó algo? Es tarde para usted.
Hubo un silencio breve. Imaginé a Eduardo en la fiesta, bebiendo whisky, riéndose, sintiéndose el rey del mundo porque había logrado manejar a la vieja. Imaginé a Marcela bailando, tratando de olvidar que había dejado a su madre en la calle.
—Estoy bien, licenciado. Muy bien. De hecho, nunca he tenido la mente más clara —dije, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Lo llamo porque necesito hacer un movimiento urgente con la propiedad de la calle Magnolias.
—¿La casa donde vive su hija? —preguntó Peralta con un tono de cautela—. ¿Necesita alguna reparación?
—No, licenciado. La casa está perfecta. Lo que necesita es un cambio de aire.
Hice una pausa, saboreando las palabras.
—Quiero ponerla en venta. Inmediatamente.
Escuché el ruido de papeles al otro lado de la línea. Peralta se aclaró la garganta.
—Doña Socorro, ¿está segura? Es una decisión grande. Ahí vive su familia. Ellos… ¿ellos saben de esto?
Miré el reloj de enfermera que me había quitado y puesto sobre el escritorio. Seguía marcando el tiempo, implacable.
—No, no lo saben. Y esa es la mejor parte, licenciado. El contrato dice que tengo que notificarles con 30 días de anticipación para el desalojo en caso de venta. ¿Cierto?
—Así es. Es la cláusula estándar que pusimos para protegerla a usted.
—Perfecto. Quiero que redacte la notificación mañana a primera hora. Quiero que la lleve un mensajero oficial y quiero que ponga el letrero de “Se vende” en el jardín mañana mismo. El letrero más grande que tenga, licenciado. De esos que se ven desde la otra cuadra.
—Pero, doña Socorro, mañana es sábado.
—Mejor así. Estarán todos en casa para recibir la noticia. Eduardo suele levantarse tarde los sábados después de las fiestas. No quisiera que se lo perdiera.
Peralta guardó silencio un momento. Él me conocía. Sabía que yo no era mujer de caprichos. Si tomaba una decisión así, era porque el vaso se había derramado.
—Entendido, doña Socorro. Mañana a las 9 de la mañana tendrá al mensajero y a mi equipo instalando el letrero. ¿A qué precio la ponemos?
—Al precio del mercado, licenciado, pero quiero que se venda rápido. Tengo planes para ese dinero, planes para mí. Tal vez un viaje, tal vez un crucero. Dicen que el Mediterráneo es hermoso en esta época y que en los barcos siempre hay lugar para todos si uno paga su boleto.
Colgué el teléfono. Me quedé sentada en la penumbra, con la mano todavía sobre el auricular. No sentía culpa. Es curioso. Pensé que sentiría culpa, esa vieja amiga de las madres latinas. Pero no había nada de eso. Solo sentía una inmensa paz.
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