El marido pidió el divorcio justo después de comprar la casa, pero en la notaría nada salió como él esperaba.
—La caldera explotó en la fábrica —dijo ella con voz serena—.
Estuve casi seis meses en el hospital.
Lo recuerdas, ¿verdad?
Carlos se recostó en la silla.
—¿Y qué tiene que ver eso con esto?
—Mucho.
No viniste ni una sola vez.
Dijiste que los hospitales te daban náuseas,
que los olores te ponían mal.
Doña Elena se exaltó.
—¡Él estaba trabajando!
¡Alguien tenía que traer dinero a casa!
—Trabajaba —respondió Sofía—.
Yo también.
Veinticinco años, doce horas al día.
Ahorraba de cada sueldo.
Y tú, Carlos, gastabas el dinero en piezas para el coche.
Y en salir con tus amigos.
Todos los viernes.
Carlos se levantó de golpe.
—¿Lo ocultaste a propósito?
¿Lo planeaste todo para dejarme así?
—No —dijo ella—.
Simplemente entendí que solo te importaba cuando necesitabas algo de mí.
Tres años atrás, Carlos estaba de pie en el pasillo del hospital público,
fumando sin parar.
El guardia le hacía advertencias,
pero él no reaccionaba.
Llamó a su madre
y le dijo que Sofía estaba en cuidados intensivos,
que la situación era grave.
Doña Elena llegó al día siguiente.
Miró las vendas que cubrían casi todo:
el rostro, las manos, el cuello.
—Pues mira —dijo—.
Ahora te tocará quedarte aquí.
Se fueron juntos.
Carlos regresó una semana después.
Se quedó de pie frente a la puerta de la habitación sin entrar.
Sofía lo vio a través del cristal:
la miró unos segundos,
luego se dio la vuelta
y se fue.
No volvió.
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