Durante unos segundos no supe dónde estaba. Luego lo recordé todo de golpe.

La carretera.
La risa.
La caída.
—Mi bebé —susurré.
Una enfermera apareció de inmediato.
—Está en la incubadora, pero es fuerte. Muy fuerte. Usted también.
Intenté moverme. El dolor fue una explosión eléctrica que me atravesó el torso.
Costillas fisuradas. Hemorragia interna controlada. Puntos en brazos y espalda. Milagro, dijeron los médicos.
No fue un milagro.
Fue rabia.
Y entonces recordé el puño.
Mi mano derecha seguía cerrada.
—No me lo abran —dije cuando una enfermera intentó limpiarla.
—Señora, necesita soltarlo.
—No.
Ella dudó, pero llamó al médico.
Cuando finalmente aflojé los dedos, algo cayó sobre la sábana blanca.
Un broche metálico.
Plateado.
Con una insignia grabada.
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