Sofía no hablaba durante el trayecto, solo miraba fijamente por la ventana sucia, como si estuviera memorizando cada esquina, cada calle, cada salida posible. Sus manos temblaban ligeramente sobre su regazo. Cuando llegamos al hotel, ella pagó en efectivo al recepcionista somnoliento sin dar su nombre real ni mostrar identificación. El hombre ni siquiera levantó la vista del periódico deportivo que estaba leyendo. Subimos en silencio al tercer piso por las escaleras porque el elevador estaba descompuesto. Habitación 312 al final del pasillo mal iluminado.
Ella abrió la puerta con manos temblorosas y entró primero, dejando caer su bolso de piel negra sobre la cama individual. Yo me quedé parado en el umbral de la puerta. todavía sin entender completamente qué estaba haciendo ahí, qué esperaba ella realmente de mí. Cierra la puerta con seguro, dijo sin mirarme, con voz tensa. Lo hice. El sonido del cerrojo fue como una sentencia. Entonces ella se quitó lentamente el abrigo negro de lana, dejándolo caer al suelo. Y fue exactamente ahí cuando lo vi por primera vez.
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