de negro, como si viniera de un funeral, con ojos oscuros que parecían haber visto demasiadas cosas terribles en muy poco tiempo. me dijo con voz suave que se llamaba Sofía, que era viuda desde hacía 6 meses, que solo necesitaba compañía por una noche. Nada más que eso, me aseguró. Nada complicado. Le pregunté directamente, ¿por qué yo? ¿Por qué un camionero sucio y cansado que olía a diésel y carretera? Ella sonrió, pero no fue una sonrisa feliz ni coqueta.
Fue una sonrisa triste, rota. “Porque pareces alguien que sabe guardar secretos”, dijo mirándome fijamente a los ojos. “¿Y porque pareces alguien que no hace demasiadas preguntas incómodas?” Conté el dinero bajo la barra. Era real, todo real. Tomé el fajo y lo guardé en el bolsillo interno de mi chamarra. Salimos del bar juntos hacia el estacionamiento oscuro y sentí las miradas pesadas de los otros hombres clavadas en mi espalda como cuchillos. Algunos me miraban con envidia, otros con algo que parecía lástima.
Algo en el aire nocturno de Juárez solía mal, a peligro, a problemas, pero el dinero en mi bolsillo pesaba más que todas mis dudas y presentimientos. Subimos a mi camioneta vieja y condujimos en silencio absoluto hacia el hotel que ella había elegido previamente. No era uno de esos moteles baratos de carretera con luces de neón y paredes delgadas, sino un lugar discreto y casi invisible escondido entre calles estrechas y oscuras del centro histórico de Juárez.
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