Su espalda desnuda estaba completamente cubierta de cicatrices horribles. No eran cicatrices normales de accidente de tráfico ni de cirugía médica. Eran marcas profundas, irregulares, deliberadas, como si alguien hubiera grabado algo terrible en su piel morena con un cuchillo afilado o algo peor. Sentí un escalofrío helado recorrerme toda la columna vertebral. ¿Qué demonios te pasó? y pregunté con voz ronca. Ella se giró rápidamente hacia mí con los ojos abiertos llenos de pánico puro, y se cubrió desesperadamente con el abrigo de nuevo.
“No preguntes eso”, susurró con voz quebrada. “Por favor, no preguntes.” Pero ya era demasiado tarde para retroceder. Yo había visto demasiado y algo me decía que esas cicatrices eran solo el principio de una historia mucho más oscura. Purton Sofía se sentó lentamente en el borde de la cama descha, temblando de pies a cabeza. No era el temblor normal de alguien que simplemente tiene frío en una habitación con aire acondicionado, sino el temblor profundo de alguien que tiene miedo real, miedo viseral de algo o alguien.
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