Durante toda la mañana observé a Alejandro Torres desde lejos.
Estaba en reuniones.
Revisando documentos.
Hablando con directores.
Parecía exactamente el mismo jefe de siempre.
Seguro.
Calmado.
Impenetrable.
Si todo esto era realmente una prueba suya…
era imposible notarlo.
En el almuerzo, Carlos volvió a hacer una broma sobre los frascos.
—Oye, Lucía —dijo riendo—, ¿ya te comiste todos los encurtidos de la abuelita del jefe?
Algunas personas rieron.
Yo solo sonreí ligeramente.
—Todavía me quedan —respondí.
—Qué valiente.
No respondí nada más.
Porque en ese momento comprendí algo.
Si el mensaje estaba escondido entre quince frascos…
entonces nadie debía saber que yo lo había encontrado.
Ni siquiera el jefe.
Al menos, no todavía.
Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, guardé mis cosas.
—¿Te vas tan temprano? —preguntó Carlos con sarcasmo.
—Tengo algo que hacer.
Salí de la oficina con el corazón latiendo fuerte.
El cielo de Monterrey estaba pintado de naranja.
Leave a Comment