Un mezquite antiguo.
Un mensaje oculto.
Miré la oscuridad fuera de la ventana.
Todo estaba demasiado silencioso.
Detrás de todo esto…
¿había encontrado una oportunidad?
¿O estaba caminando directo hacia una trampa?
Aquella noche apenas dormí.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el mismo conjunto de palabras grabadas en el fondo del frasco:
Hora del gallo.
Tres.
Siete.
Árbol de mezquite.
Sombra.
Las repetía en silencio, una y otra vez, como si el significado pudiera aparecer de repente frente a mí.
Pero no lo hacía.
A las tres de la madrugada, me levanté de la cama y caminé hasta la cocina.
El frasco seguía allí, en el centro de la mesa.
Quieto.
Silencioso.
Y, de alguna forma extraña, parecía estar esperando.
Lo tomé entre mis manos y lo giré lentamente bajo la luz.
Las letras estaban torcidas, poco profundas, claramente grabadas con algo improvisado.
No era un trabajo cuidadoso.
Era un mensaje escrito con prisa.
Y esa prisa me inquietaba más que cualquier otra cosa.
Porque significaba que quien lo escribió no tenía tiempo.
O quizás no tenía otra oportunidad.
Miré el reloj.
3:17 a. m.
Todavía faltaban muchas horas para la hora del gallo.
Pero algo dentro de mí ya había tomado una decisión.
No podía ignorarlo.
No después de haber llegado tan lejos.
Al día siguiente traté de actuar con normalidad en la oficina.
Pero mi mente estaba en otro lugar.
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