A menos que…
no pudiera hacerlo.
Quizás estaba siendo vigilada.
Quizás había algo que no podía decir directamente.
O tal vez…
el mensaje ni siquiera estaba destinado a Alejandro.
Sino a alguien más.
Alguien lo suficientemente observador para encontrarlo.
Lo suficientemente inteligente para entenderlo.
Y lo suficientemente confiable para actuar.
La idea me hizo reír.
¿Cómo podría ser yo?
Solo era una empleada común que casualmente recogió unos frascos que todos habían tirado.
Espera.
¿Casualmente?
Recordé la escena en la oficina.
Las burlas.
La risa de Carlos.
La sonrisa incómoda del jefe.
La forma en que sus hombros se encorvaron cuando se fue.
¿Y si todo eso…
había sido una prueba?
Una prueba silenciosa para medir el corazón de las personas.
El jefe Alejandro seguramente sabía que la mayoría tiraría los frascos.
Tal vez incluso lo esperaba.
Solo aquellos que valoraran el gesto de su madre se revelarían.
Si esa teoría era cierta…
su forma de pensar era más profunda de lo que imaginaba.
Había usado los encurtidos de su madre como cebo.
Y yo…
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