Bajo la luz amarilla.
Permanecía en silencio.
Como si guardara un secreto que solo yo podía ver.
—Hora del gallo… tres… siete… árbol de mezquite… sombra…
Repetí las palabras una y otra vez.
Como si al decirlas muchas veces la respuesta fuera a aparecer sola.
Descarté inmediatamente la idea de que fuera una broma.
Una anciana en un pequeño pueblo de Michoacán…
¿Por qué se tomaría el trabajo de esconder una broma en el fondo de un frasco de encurtidos?
Además…
si fuera una broma…
¿por qué escribir algo tan difícil de entender?
El mensaje no tenía nada de alegre.
Parecía grabado con prisa.
Con tensión.
Con miedo.
Sentí un escalofrío.
¿Era una señal de auxilio?
No me atreví a pensar demasiado.
Revisé todos los frascos restantes.
Solo uno tenía el mensaje.
Eso significaba que no era casualidad.
Alguien había mezclado un mensaje entre quince frascos normales y lo había enviado.
Pero…
¿para quién era ese mensaje?
¿Para el jefe Alejandro?
Si su madre quería decirle algo…
podía llamarlo.
O enviarle un mensaje por WhatsApp.
¿Por qué usar un método tan extraño y fácil de perder?
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