El jefe regaló frascos de encurtidos hechos por su madre, y toda la oficina se burló. Los despreciaron y los tiraron como si fueran basura. Solo yo fui la única que se los llevó a casa. Pero nunca imaginé… que uno de esos frascos escondía un código que revelaría el secreto de toda la empresa…

El jefe regaló frascos de encurtidos hechos por su madre, y toda la oficina se burló. Los despreciaron y los tiraron como si fueran basura. Solo yo fui la única que se los llevó a casa. Pero nunca imaginé… que uno de esos frascos escondía un código que revelaría el secreto de toda la empresa…

Sus ramas se extendían como brazos gigantes.

Sus raíces levantaban el suelo de concreto agrietado.

Parecía haber sobrevivido allí durante décadas.

Tal vez incluso desde antes de que construyeran la fábrica.

Me acerqué lentamente.

El viento movía sus hojas.

Y la luz del sol proyectaba una larga sombra sobre el suelo.

Recordé las palabras.

Sombra.

Me coloqué frente al árbol.

Miré la dirección en la que caía la sombra.

Apuntaba hacia un viejo edificio de ladrillo detrás de la fábrica principal.

Tragué saliva.

Y caminé en esa dirección.

Cuando llegué al final de la sombra, miré el suelo.

Nada.

Solo polvo y hierbas secas.

Entonces recordé los números.

Tres.
Siete.

Tres pasos.

Di tres pasos hacia adelante.

Luego siete hacia la derecha.

Me detuve.

Debajo de mis pies había una losa de concreto ligeramente más clara que las demás.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Me agaché.

Golpeé la superficie.

El sonido era hueco.

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