Eduardo se sirvió un vaso de agua con manos que temblaban ligeramente. Isabella nunca lo había visto temblar. Su padre siempre había sido roca, fortaleza, seguridad inquebrantable. Verlo así la asustaba más que cualquier amenaza de Arturo. Lo que voy a contarte, Eduardo comenzó sin mirarla. Debía habértelo dicho hace mucho tiempo, pero tenía miedo. Miedo de que me odiaras. Miedo de destruir la imagen que tenías de tu madre. Miedo de perderte. Isabela sintió que su corazón se detenía. Papá, me estás asustando.
Eduardo finalmente se giró hacia ella y lo que Isabel la vio en sus ojos la destrozó. Eran los ojos de un hombre que había cargado un peso imposible durante demasiado tiempo. Tu madre y yo nos amábamos profundamente. Eso nunca fue mentira. Pero nuestro matrimonio, nuestro matrimonio tuvo momentos difíciles que nunca te conté. se sentó pesadamente en el sofá como si sus piernas ya no pudieran sostenerlo. Cuando nos conocimos, yo no era nadie, un joven con sueños grandes, pero bolsillos vacíos.
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