Hay sensaciones que se convierten en compañeras silenciosas con el paso de los años. Ese frío en las manos que no se va ni con guantes, esa pesadez en las piernas al final de la tarde, ese hormigueo que aparece sin aviso cuando llevamos un rato sentados. No son enfermedades, pero son avisos. Son la manera que tiene el cuerpo de decirnos que la sangre, ese río interior que nos mantiene vivos, está encontrando obstáculos en su camino. Que las arterias, esos conductos elásticos que deberían ser caminos despejados, se están volviendo más rígidas, más estrechas, y que el corazón tiene que empujar con más fuerza de la necesaria.
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