Mientras las puertas se cerraban, se miró en el espejo pulido del interior. La mujer que le devolvía la mirada era diferente a la que había entrado a la mansión Castellanos apenas un día antes. Esa mujer había sido víctima. Esta era cazadora. El ascensor se detuvo en el último piso con un suave campanilleo. Las puertas se abrieron a un pasillo alfombrado que conducía a una única puerta doble custodiada por dos hombres de traje oscuro con expresiones impenetrables. Isabela caminó hacia ellos con la confianza de alguien acostumbrado a este tipo de ambientes.
Años de asistir a eventos de los castellanos, le habían enseñado a moverse en círculos de poder, aunque nunca hubiera pertenecido verdaderamente a ellos. Sofía Estrada, dijo con voz firme. El señor Navarro me está esperando. Uno de los guardias revisó una lista en su tablet mientras el otro la escaneaba con la mirada, buscando cualquier señal de amenaza. Isabela mantuvo su expresión neutral, aunque su corazón latía tan fuerte que temía que pudieran escucharlo. “Puede pasar.” El guardia finalmente dijo abriendo la puerta.
La suite presidencial era exactamente lo que Isabela había imaginado. Opulencia diseñada para impresionar e intimidar. Ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Muebles que probablemente costaban más que el apartamento donde Vanessa vivía con su hijo y obras de arte que gritaban riqueza en cada pincelada. Pero lo que captó la atención de Isabela no fue el lujo. Fueron las personas reunidas en el amplio salón. reconoció a varios rostros de las páginas de negocios y sociales, empresarios, políticos, figuras públicas, todos sosteniendo copas de champañ, conversando en voz baja, esperando algo o a alguien y entonces lo vio.
Arturo Navarro estaba de pie junto al ventanal principal, mirando la ciudad como si le perteneciera. Era un hombre que aparentaba estar en sus 60 años, con cabello completamente blanco peinado hacia atrás. y una postura que irradiaba poder controlado. Vestía un traje impecable y sostenía una copa de vino tinto que hacía girar lentamente entre sus dedos. Cuando se giró y sus ojos encontraron los de Isabela, ella sintió un escalofrío recorrer su columna, no porque su mirada fuera amenazante, todo lo contrario, era cálida, casi paternal, y eso lo hacía infinitamente más perturbador.
Ah, nuestra última invitada. Arturo caminó hacia ella con una sonrisa encantadora. Señorita Estrada, es un placer conocerla. He escuchado cosas impresionantes sobre su fondo de inversión. El placer es mío, señor Navarro. Isabela aceptó la mano que él extendía. Su apretón era firme, pero no agresivo. Calculado. Debo admitir que su invitación me intrigó. No es común recibir propuestas tan exclusivas. Los negocios verdaderamente transformadores requieren discreción. Arturo la guió hacia el centro de la sala. Las oportunidades que cambiarán el mundo rara vez se anuncian en los periódicos.
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