El padre viudo halló con sus hijos una casa en un tronco gigante, pero algo allí cambió su destino…

El padre viudo halló con sus hijos una casa en un tronco gigante, pero algo allí cambió su destino…

“¿Cómo te fue hoy, papá?”, preguntó Sofía, aunque la expresión en el rostro de su padre ya le daba la respuesta. Los gemelos, Carlos y Diego, levantaron la vista de sus cuadernos escolares. Eran niños idénticos físicamente, pero con personalidades completamente opuestas. Carlos era el tranquilo, el que siempre trataba de mantener la paz, mientras que Diego era el rebelde, el que cuestionaba todo y tenía la energía de un torbellino. Ambos habían heredado el cabello negro y rizado de su padre, pero tenían la sonrisa dulce de su madre.

Valentina, la pequeña de la familia, corrió hacia su padre con los brazos abiertos. Era una niña pequeña y vibaracha, con coletas despeinadas y un vestido que ya le quedaba pequeño. Desde la muerte de su madre, Valentina se había vuelto aún más apegada a Roberto, como si temiera que él también desapareciera. “Papi, ¿me trajiste algo?”, preguntó la niña con esperanza. Roberto sintió que se le partía el corazón. ¿Cómo podía explicarle a una niña de 6 años que no tenía dinero ni para dulces?

Se arrodilló y la abrazó fuerte. Hoy no, mi amor, pero papá está trabajando muy duro para conseguir cosas buenas para ustedes. Sofía sirvió la cena en silencio, los frijoles refritos, tortillas y un poco de queso que había conseguido fiado en la tienda de la esquina. Roberto miró a sus hijos comer y se dio cuenta de que él mismo no había probado bocado en todo el día, pero no había suficiente comida para todos. Discretamente les fue dando sus porciones a los niños, inventando excusas de que no tenía hambre.

Esa noche, después de acostar a los niños, Roberto se sentó en la mesa de la cocina con la notificación de desalojo frente a él. Había gastado todo el día buscando trabajo, visitando talleres mecánicos, fábricas, incluso suplicando en sitios de construcción. La respuesta era siempre la misma. No hay en trabajo. Está muy difícil la situación. Te llamamos si surge algo. Había considerado vender el único bien de valor que les quedaba, el viejo Tsuru 2005 de María, pero necesitaba el carro para buscar trabajo y además era lo único tangible que le quedaba de su esposa.

A veces, cuando los niños dormían, Roberto se sentaba en el asiento del conductor y respiraba profundo, tratando de capturar el aroma del perfume de María, que creía que aún permanecía en el tapizado. Al revisar sus opciones, desesperadamente Roberto recordó una conversación que había tenido con su hermano mayor, Joaquín, quien vivía en Tlascala. Joaquín le había contado sobre tierras baratas en la sierra, lugares donde una familia podía empezar de nuevo con muy poco dinero. “Son terrenos que nadie quiere, Roberto”, le había dicho.

“Pero al menos tendrías un techo sobre la cabeza y podrías cultivar algo para comer.” La idea había parecido una locura en su momento, pero ahora con el desalojo inminente y sin más opciones, comenzó a aparecer la única salida. Roberto sabía que tenía apenas suficiente dinero para comprar boletos de autobús para los cinco hasta Txcala. Una vez allí, dependería de la caridad de Joaquín hasta que pudiera establecerse. Era un plan desesperado, pero era el único plan que tenía.

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