El padre viudo halló con sus hijos una casa dentro de un tronco gigante, pero allí encontró algo que cambió su destino para siempre. Roberto Mendoza caminaba por las calles polvorientas de Guadalajara con el peso del mundo sobre sus hombros. A los 42 años, este hombre de complexión fuerte, pero rostro marcado por el sufrimiento, cargaba una cruz que parecía imposible de llevar.
Hacía apenas 8 meses que había perdido a su esposa María en un accidente automovilístico, dejándolo solo para criar a sus cuatro hijos. Sofía de 14 años, los gemelos Carlos y Diego de 11 y la pequeña Valentina de apenas 6 años. La tragedia había sido devastadora, pero lo que vino después fue igualmente cruel. Roberto trabajaba como mecánico en un taller que cerró sus puertas tres meses después de la muerte de María, dejándolo sin empleo y sin los medios para sostener a su familia.
Los ahorros que tenían se habían agotado entre los gastos del funeral y los primeros meses de duelo, cuando apenas podía levantarse de la cama, mucho menos buscar trabajo. Ahora, mientras caminaba de regreso a su pequeña casa de dos habitaciones en el barrio de la Perla, Roberto llevaba en el bolsillo la notificación de desalojo que había recibido esa mañana. Tr meses de renta atrasada. El propietario, don Esteban, había sido paciente al principio, conmovido por la tragedia familiar, pero su paciencia tenía límites.
“Lo siento, Roberto”, le había dicho esa mañana, “pero necesito el dinero. ¿Tienes hasta el viernes para ponerte al corriente o tendrás que irte?” El viernes, solo quedaban 4 días. Roberto empujó la puerta de madera desvencijada de su casa. y fue recibido por el aroma de frijoles refritos que Sofía había preparado. Su hija mayor, una muchacha delgada con los mismos ojos marrones de su madre, había tenido que madurar demasiado rápido. de la muerte de María, Sofía se había convertido en la segunda madre de la familia, cuidando a sus hermanos menores, mientras Roberto salía desesperadamente a buscar trabajo.
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