Al día siguiente, mientras los niños estaban en la escuela, Roberto visitó la agencia de autobuses. El viaje a Tlazcala costaría todo el dinero que le quedaba, literalmente hasta el último peso. Compróinco boletos para el jueves por la noche, el día antes del desalojo. Esa tarde, cuando los niños regresaron de la escuela, Roberto reunió a la familia en la sala. Sofía inmediatamente notó la tensión en el rostro de su padre. “Niños, necesito hablar con ustedes sobre algo importante”, comenzó Roberto tratando de mantener la voz firme.
Las cosas han estado muy difíciles desde que desde que perdimos a mamá y por más que he tratado, no he podido encontrar trabajo aquí en Guadalajara. Diego, siempre el más directo, interrumpió. Nos van a correr de la casa, ¿verdad, papá? Roberto asintió lentamente. Sí, hijo, pero no vamos a quedarnos sin hogar. Vamos a ir con su tío Joaquín a Tlaxcala. Él nos va a ayudar a empezar de nuevo. ¿Y la escuela? Preguntó Sofía preocupada. Encontraremos una escuela nueva.
Todo va a estar bien. Van a ver. Valentina se acercó a su padre. Vamos a estar juntos. Siempre, mi amor. La familia Mendoza se mantiene unida pase lo que pase. Los siguientes, los días fueron un torbellino de despedidas y preparativos. Roberto vendió los pocos muebles de valor que tenían a precios ridículos solo para tener algo de dinero extra para el viaje. Empacaron solo lo esencial: ropa, algunos recuerdos de María y los documentos importantes de la familia. El jueves por la noche, mientras esperaban el autobús en la terminal, Roberto miró a sus cuatro hijos sentados en las bancas de plástico con sus mochilas y pequeñas maletas.
Sofía mantenía a Valentina en su regazo mientras los gemelos jugaban discretamente con unas cartas viejas. A pesar de toda la incertidumbre, había algo reconfortante en verlos juntos, unidos en la adversidad. El autobús llegó a las 11:30 pm. Era un vehículo viejo y desgastado, pero los llevaría a su destino. Roberto ayudó a sus hijos a subir y encontrar asientos. Mientras el autobús se alejaba de Guadalajara, Roberto vio por la ventana las luces de la ciudad, que había sido su hogar durante toda su vida.
No sabía que les esperaba en Tlascala, pero sabía que mientras tuviera a sus hijos tenía una razón para seguir luchando. La familia Mendoza había perdido mucho, pero aún no había perdido la esperanza. El viaje sería largo y Roberto aprovechó las horas de oscuridad para pensar en el futuro. Tenía que creer que en algún lugar de alguna manera, había una oportunidad esperándolos. tenía que creer que esta no era el final de su historia, sino el comienzo de un nuevo capítulo.
Leave a Comment