La casa era peor de lo que don Manuel había descrito. No era una casa, era un esqueleto. Las paredes de adobe estaban carcomidas por la lluvia y el viento de 40 años. El techo de Texas estaba hundido en varias partes, dejando ver el cielo a través de las vigas podridas que parecían costillas expuestas. Las ventanas no tenían vidrios, eran cuencas vacías que miraban hacia la nada y la puerta principal colgaba de una sola bisagra, gimiendo suavemente con la brisa de la tarde.
El jardín era una selva de maleza seca y espinas. No había flores, no había vida verde, solo tonos de marrón y gris. El aire allí arriba se sentía diferente, más pesado, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel. Elena sintió un escalofrío a pesar del calor. Recordó las palabras de don Manuel: “La tierra rechaza a los vivos”. Se acercó a la puerta. La madera estaba negra, hinchada por la humedad de décadas. empujó con suavidad y la bisagra chilló, un sonido agudo y metálico que rompió la paz del cerro.
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