Condenada por médicos, compró una casa por 50 pesos para esperar la muerte… y entonces todo cambió…

Condenada por médicos, compró una casa por 50 pesos para esperar la muerte… y entonces todo cambió…

El nombre le parecía una ironía cruel. El camino era una cicatriz de tierra roja y piedras afiladas que serpenteaba hacia la cima, rodeado de cactus y matorrales espinosos. En la cúspide, apenas visible entre la bruma del calor, se distinguía la silueta torcida del jacal. Parecía una bestia herida esperando morir, igual que ella. El ascenso fue un calvario. Cada paso era una negociación con el dolor. Sus rodillas crujían y el tumor en su abdomen parecía palpitar al ritmo de su corazón acelerado como un reloj de cuenta regresiva.

Tuvo que detenerse cada 20 m, sentándose en las piedras calientes, respirando el polvo que levantaba el viento. Desde la altura, el pueblo se veía pequeño, insignificante. Los ruidos de la vida cotidiana, los perros ladrando, los niños jugando, las campanas de la iglesia se iban desvaneciendo hasta convertirse en un zumbido lejano. Estaba ascendiendo hacia el silencio. Mientras subía, recordaba su vida. Recordaba la risa de Ramón, el olor del café en las mañanas cuando tenían dinero, la sensación de seguridad que pensó que duraría para siempre.

Todo se había ido. Las deudas del hospital se llevaron la casa, el coche, los muebles. Los amigos se alejaron cuando la enfermedad se volvió incómoda y el dinero se acabó. Ahora era una paria subiendo una montaña para esconderse como un animal herido. Tardó casi 3 horas en llegar a la cima. Cuando finalmente puso un pie en el terreno plano donde se asentaba la casa, el sol comenzaba a descender, tiñiendo el cielo de un naranja violento, casi sangriento.

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