Con un suspiro pesado, recogió los 50 pesos y sacó del bolsillo de su chaleco una llave de hierro, grande, oxidada y fría. Que la Virgen de Guadalupe la proteja, entonces dijo él, deslizando la llave por la mesa de madera astillada, porque allá arriba va a necesitar más que paredes para sentirse segura. El camino es difícil, doña Elena. Nadie la va a ayudar a subir sus cosas. No tengo cosas, dijo ella tomando la llave. Su frialdad en la mano le dio una extraña certeza.
Solo mi maleta y mi fe, aunque últimamente mi fe pesa menos que el aire. Si alguna vez has sentido que el mundo se te cierra y que no hay salida, pero en el fondo de tu corazón queda una chispa de esperanza, escribe ahora mismo en los comentarios: “Dios es mi refugio y mi fortaleza. No dejes que la desesperanza gane la batalla hoy. Elena salió de la cantina y el sol la golpeó de nuevo. Miró hacia arriba, hacia el cerro de la esperanza.
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