El olor la golpeó de inmediato. No era solo olor a encierro, era olor a mojo, a tierra mojada, a excremento de ratas y a algo más. Un olor dulce y rancio como flores podridas en un cementerio antiguo. Elena entró. El suelo crujió bajo sus zapatos desgastados. La poca luz que entraba por las ventanas rotas iluminaba partículas de polvo que danzaban en el aire como espíritus minúsculos. Había telarañas tan gruesas que parecían cortinas de encaje gris cubriendo las esquinas y colgando del techo.
Muebles rotos ycían esparcidos. Una silla con tres patas, una mesa partida a la mitad, restos de lo que alguna vez fue una vida. La sensación de abandono era tan densa que casi se podía tocar. Pero más allá del abandono, había una tristeza impregnada en las paredes. Elena podía sentirla. Era como si la casa misma estuviera llorando en silencio. Se llevó la mano al pecho, sintiendo una opresión que no era física. “Hola”, susurró, y su voz rebotó en las paredes desnudas, sonando extraña y ajena.
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