El lugar olía a tequila barato, acerrín y desesperanza. Cuando entró, la poca luz del local le permitió ver a don Manuel sentado en una mesa del rincón, limpiándose los dientes con un palillo de madera. Al verla, el hombre se enderezó, pero su mirada no pudo ocultar esa mezcla de sorpresa y repulsión que Elena ya conocía bien. Ella sabía que parecía un espectro, una sombra de la mujer robusta y alegre que alguna vez fue. “Buenos días, don Manuel”, dijo ella.
Su voz apenas un susurro rasposo. Traigo el dinero. El hombre la miró y luego miró las monedas y billetes arrugados que ella puso sobre la mesa. 50 pesos. Una miseria, una burla para cualquier transacción de bienes raíces, incluso en un pueblo fantasma. Pero aquella casa, aquella casa era diferente. Don Manuel suspiró empujando su sombrero hacia atrás. Doña Elena, por el amor de Dios y de todos los santos, piénselo bien, dijo él sin tocar el dinero como si las monedas estuvieran calientes.
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