Luego semanas.
Hasta que un día… llegó una carta.
Era de Juan.
La abrí con manos temblorosas.
“Papá…
No sé por dónde empezar.
Sé que no merezco que leas esto.
Pero aun así… necesito decirlo.
Lo siento.
No hay excusa.
No hay explicación que justifique lo que hice.
Fui débil.
Fui egoísta.
Fui cobarde.
Dejé que alguien más decidiera por mí.
Y traicioné a la persona que más hizo por mí.
Perdí todo.
Mi esposa.
Leave a Comment